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En Pocas Palabras

(El Blog de Cordura)

mes

diciembre 2015

Podemos (I): ¿Demasiado bueno para España?

No se trata de culpar ni de ofender a nadie. No soy un fan de Podemos. Sé de activistas serios y militantes que lo rechazan, atribuyéndole efectos desmovilizadores. No simpatizo con ellos menos que con Podemos.

A-Podemos

España. País multisecularmente pícaro y guerracivilista (civil no solo fue la guerra del 36, también las carlistas, las comuneras, la “Reconquista”…). Saliendo del franquismo, compró paz y libertad a cambio de pseudobipartidismo de obediencia atlantista. Narcotizado pronto por progres con labia (y por “marxistas” como el alcalde de la “mov… madrileña”). Relegado a un papel gregario por los amos del mundo. Convertido –tradición obliga– en destacado laboratorio antilaicista, pero también “neoliberal”… Un país en el que siempre mandaron los mismos. En ese marco, el fenómeno Podemos (como antes el 15-M) es a la vez clamor social y proyecto utópico. Lo primero, porque caía de su peso que a políticos ladrones y mentirosos, a banqueros desalmados, había que enfrentarlos con carácter de urgencia. Lo segundo, porque si hay una identidad genuinamente hispánica, esa es precisamente la división, imposible de enterrar bajo artificios de unidad impuesta, sea simbólica (himno, bandera, éxitos deportivos, historia-mito…) o territorial.

El milagro eclosionó un quince de mayo. El pueblo dijo apoyarlo. Cuando su inercia se extinguía (no sin interesantísimas ramificaciones de rebelde expresión popular), surgió un grupo que venía a reavivarlo y a la vez a dividirlo. Un catalizador en forma de partido que, como tal, dejó partido al movimiento originario. Que al expresarlo electoralmente, en gran medida lo inmolaría socialmente. Detestado por las elites económicas (aunque lucrativamente aupado por algunas de sus terminales mediáticas), tanto como por la “izquierda real” más burocratizada, Podemos inauguró un experimento consistente en simultanear política y politología, en bregarse en los shows de LaSexta sin abandonar los debates serios (‘La Tuerka’, ‘Fort Apache’), y en tratar de superar por fin, desde posiciones de izquierda, la dicotomía izquierda-derecha (falsa por llamar “izquierda” a la derecha amable, pero eficaz para perpetuar los fantasmas guerracivilistas).

Podemos, para algunos de nosotros, es como un hijo demasiado travieso: no para de darnos disgustos, pero le seguimos queriendo porque eso no es todo. Dejó en segundo plano temas clave como la sombra creciente de la OTAN y del papado (con cuyo representante actual incluso coquetean), asumió enseguida excesivo verticalismo viejo y personalista, abusó de frases populistas y de tacticismo electorero, alardeó frívolamente de planteamientos competitivos… Con todo, en la estela del Frente Cívico de don Julio (y para gozo de quienes ya sentíamos esa necesidad), comprendió que cambiar la sociedad y superar la guerra social tan cara al Poder requiere ser más transversales y menos dogmáticos; denunció lúcidamente la conexión entre corrupción masiva y desmantelamiento del estado social; se creyó que era posible ganar elecciones desde posiciones realmente alternativas (“¡Sí se puede!”); abrió sus puertas a toda la ciudadanía; se bajó los sueldos y se negó a depender de la banca, uniendo su suerte a la de la gente (microcréditos, crowdfunding…; sigue sin valorarse lo bastante esta novedad); defendió la alegría y recuperó conceptos como la fraternidad e incluso el amor; practicó la transparencia tanto de las cuentas como de las estrategias propias (la politología simultánea…); sacudió los cimientos del monopartidismo (i.e., del Régimen), despertando ilusión como no ocurría desde el fraudulento PSOE felipista.

Demasiado… Demasiado bueno para el país arriba descrito. País sufrido, genéticamente dividido, y apenas preparado para tanta novedad: Podemos no gobernará tras el 20-D. Eso quizá entrañe que, de manera efectiva, no lo hará nunca. Pero no será porque no hubiera valido la pena.

Por un no a la guerra con bases más sólidas

 

«Yo, que con malvada satisfacción denuncio a mis vecinos por su utilización de chivos expiatorios, sigo considerando los míos como objetivamente culpables» (René Girard)

A-chivo

Podemos y debemos decir “No a la guerra”, pero eso no basta. Las cosas han evolucionado de tal modo que se les han puesto muy de cara a los belicistas. “¿Qué queréis, que nos dejemos matar?”, nos espetaba recientemente un ciudadano en una concentración pacifista. Con tono y mirada, por cierto, cargados de un odio que no solo dirigía a los terroristas (lo confirmó después llamándonos “idiotas”).

El caso ilustra la magnitud del problema que encaramos: una población, totalmente manipulada por los mensajes mediáticos, que se revolverá cada vez más contra los disidentes (chivos expiatorios sobre los que verter, de paso, cuantas frustraciones vitales llevan años acumulando). Normal. La mayoría de la gente no ha hecho los deberes. Lleva décadas sin abordar críticamente los datos que recibe. No es raro que acepte las versiones oficiales.

Pero, ¿y nosotros, los sectores contrarios a la guerra? ¿Hemos hecho los deberes? Mi experiencia personal no me permite ser muy optimista. Son ya múltiples los encuentros con firmes detractores de la violencia imperial que asumen no pocas premisas dominantes sobre terrorismo, guerras y geopolítica. Muchos creen, por ejemplo, que Occidente realmente quiere acabar con el “yihadismo” (su supuesto enemigo, al que utiliza desde hace tiempo; ver también 1 y 2); que el papel de Rusia en Siria viene a ser igual de agresivo que el de Occidente; o que atentados como el de París no son más que respuestas a las campañas bélicas del Imperio. Con bases como estas se apuntala el discurso oficial –el del sí a la guerra– y se torna mucho más difícil responder a críticas como la del pobre hombre arriba citado. Máxime cuando, pronto, sobrevengan nuevos brutales atentados “yihadistas” y nos insistan que urge acabar con ellos “allí donde están”.

Lo peor de dichas premisas es que son falsas, pero lo más terrible es que, tras asumir patrañas encadenadas durante décadas (al menos, desde el 11-S), no es realista pensar que tengamos mucho margen para revertir tanta manipulación. Aun así, formularemos aquí algunas preguntas que podrían cuestionar radicalmente el discurso oficial:

–¿Por qué tras la caída del Muro de Berlín, Estados Unidos ha seguido aumentando sus bases militares en el extranjero? (Ver también).

–¿Por qué sigue existiendo la OTAN 24 años después de desaparecido el Pacto de Varsovia?

–¿Cuántos sabemos que en 1954 la URSS, la gran excusa para la existencia de la OTAN, solicitó su ingreso en ella?

–¿Qué es la Red Gladio?

–¿Cuán creíbles son los relatos oficiales sobre los grandes atentados del siglo XXI (11-S, 11-M, 7-J…)?

–¿Por qué los órganos mediáticos del Imperio ocultan la decisiva presencia neonazi en el actual régimen (golpista) ucraniano? (Ver también).

–¿Realmente puede alguien creerse que el Daesh, por muy “ejército de fanáticos” que sea, podría subsistir cuatro días (como cualquier otra banda que pusiera en jaque al mundo) sin el apoyo de potencias relevantes? (Ver igualmente).

–¿Tanto nos cuesta descubrir que el terrorismo “yihadista” resulta funcional a los planes del Sistema-Imperio?

–¿Nos hemos preguntado si existen realmente las “intervenciones humanitarias”?

–¿No somos capaces de ver que nuestros gobiernos nos están educando en el odio para seguir arrebatándonos nuestras libertades?

Los guerreristas llevan ya mucha ventaja en su lucha contra la humanidad. El tiempo es escaso (y la gente necesita chivos expiatorios). ¿Reaccionará la humanidad frente a sus auténticos verdugos…?

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