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En Pocas Palabras

(El Blog de Cordura)

mes

enero 2016

Por qué es tan importante priorizar la cuestión de la guerra

Hoy, 30 de enero, aniversario de la muerte de Gandhi, está declarado Día Escolar de la No Violencia y la Paz. Parece un momento oportuno para recordar, a niños y adultos, por qué la guerra es lo peor, y aún más cuando la que prevalece es la guerra de agresión.

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Procedencia de la imagen

Con el pretexto de un oscuro terrorismo de cuño novedoso, los poderes terrenales nos vienen acostumbrando sutilmente a una dinámica de guerra. Se trata, nos dicen, de defender nuestra seguridad y preservar “nuestro modo de vida”. También, aunque cada vez más secundariamente, se apela a proteger los derechos humanos de otros pueblos (que acaban siendo, paradójicamente, las primeras víctimas de nuestras guerras). Pero sobran las evidencias para saber que son justificaciones de la guerra imperialista. Lejos queda hoy aquel alegato de Kant por La paz perpetua, cuyo 5º artículo preliminar decía: «Ningún estado debe inmiscuirse por la fuerza en la constitución y gobierno de otro.»

Pero, si cualquier violencia aislada nos parece de suyo odiosa, ¿nos hemos planteado el infierno que involucra una guerra? Quizá a quienes hemos tenido la suerte de no vivir ninguna nos cueste imaginarlo.

La guerra implica todo lo malo concebible (no podremos ser exhaustivos): violencia, odio, mentira; muertes, heridas, mutilaciones, violaciones; represión en cada bando, simplismo bipolar, espíritu totalitario; demolición de viviendas e infraestructuras, devastación ecológica, destrucción del patrimonio histórico; hacinamiento, falta de higiene, enfermedades, epidemias; mercado negro, saqueos, hambre; sentimientos de pérdida, terror, angustia, recelo, rencor; posguerra con miseria, precaria organización estatal, dominación de vencedores sobre vencidos, traumas acumulados…

Podemos decir, en consecuencia, que en las guerras se violan todos los derechos humanos y se provocan daños de toda índole (económica, psicológica, moral, ecológica…, vital). Alguien dirá que guerras con objetivos bien delimitados no tienen por qué llegar a tanto; ¿no nos enseñan lo contrario las guerras del siglo XXI?

Con todo esto, si no estamos padeciendo una guerra pero sabemos que otros sí la padecen, ¿cómo reaccionaremos? (Estamos ante la dimensión moral).

Por otra parte, la guerra imperialista indica que quienes la hacen están dispuestos a todo. Esto tiene tremendas implicaciones más allá de la guerra con tanques, aviones y misiles. Significa que los guerreristas son capaces de provocar toda la barbarie que hemos descrito con tal de preservar sus intereses y reforzar su dominio. Cuando esto es así, entonces toda la realidad se llena de guerra y violencia, aun cuando no siempre aparezcan los tanques ni se escuchen las explosiones. Y tan objetivos de guerra se tornan los pueblos cuyos recursos se quiere depredar como aquellos que conforman la retaguardia de los ejércitos agresores si se oponen a la guerra imperialista o a sus fines.

No es raro que cuando se declara el estado de guerra permanente (como viene ocurriendo desde el 11-S), se impongan leyes que violan los derechos de esos últimos pueblos (la “ley mordaza” es solo un ejemplo). Tampoco es raro que en el marco de un estado de guerra dictado por el capitalismo se coarte cualquier avance social progresista (caso de Grecia). Los recortes de libertades y derechos en los países bajo poderes belicistas son la otra cara de la guerra. En suma, los ciudadanos son tan enemigo de facto como los terroristas extranjeros.

Así pues, adquirir conciencia sobre la gravedad de la guerra resulta imperioso para frenar todos sus efectos. Con tanto mayor motivo cuanto más extenso y abarcante sea el impulso bélico, rasgo propio de la guerra imperialista que pretende la dominación del globo con la lógica consecuencia de una tiranía global. Dada la realidad que vivimos en nuestros días, esa concienciación deviene entonces tan urgente como la más destacada de nuestras prioridades, sea la que sea. Por esta razón, cualquier proyecto que busque aunar esfuerzos en red por el freno a la barbarie debe situar la denuncia, el desenmascaramiento y la oposición a la guerra (y al estado de guerra) como su primer objetivo, o al menos como un objetivo tan elevado como el que más.

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La tragedia de España (I): El único y premoderno referente identitario

Con la “cuestión territorial” nuevamente en el candelero, conviene recordar que la problemática de España es hija de su historia. Para ello, actualizamos aquí un texto que en su versión original ya vio la luz hace casi una década. El asunto es tratado en términos puramente analíticos.

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Imagen extraída de aquí.

La identidad española tradicional surge con la “Reconquista”, y de mala manera (antes no había identidad unitaria en absoluto; no es raro que, como recuerda el historiador españolista García de Cortázar, la mayoría de los hispanos, hartos del explotador dominio godo, recibieran a los árabes con los brazos abiertos). Pero esa identidad gestada en la lucha contra los árabes nunca deviene unitarismo voluntario –a la manera jacobina, por ejemplo–. Cuando la unidad llega, es impuesta desde arriba y con las reticencias de amplios sectores de la periferia.

Después en España nunca ocurrió una ruptura real con el pasado. Prevaleció siempre la Reacción (ya en la época contemporánea, los dos periodos republicanos fueron intentos fallidos de superarla). Esto nos diferencia de las naciones europeas que sí conocieron acontecimientos rupturistas genuinos y perfectamente datables.

De ahí que nuestra izquierda, aunque nunca propiamente “antiespañola”, siempre ha recelado de la identidad “españolista”, que ve impregnada de reaccionarismo y confesionalismo. Eso explica también su apertura al nacionalismo periférico (ya en las dos repúblicas) y su gran diferencia con la izquierda de Italia. [En efecto, la izquierda italiana es unitarista por una razón muy simple: allí la unidad, que no llega hasta el siglo XIX, se consigue a costa de la religión dominante (pasada la mitad de ese siglo, los Estados Pontificios aún tenían una cuarta parte del territorio italiano, y estaban protegidos por Napoleón III). Es, entonces, una conquista progresista. El concepto moderno de la identidad italiana es republicano-liberal y de raíces laicistas (el “héroe” Garibaldi era un masón miembro de los Carbonari, radicalmente anticlericales). En cambio, en España la unidad se basa en la identidad católica romana arraigada en la lucha contra el “moro” y el “hereje”, identidad que se remonta a una época altomedieval. Tan simple como eso. La izquierda italiana es incluso más unitarista que la derecha; aquí sucede lo contrario.]

Al no haber triunfado nunca sólidamente ningún movimiento contra la Reacción, cabe afirmar que en España siempre han mandado los mismos. Nada que ver, por ejemplo, con la Revolución Francesa que, a fines del XVIII, pone abrupto fin al Ancien Régime. Como aquí no cuajó, al nivel del poder, ninguna corriente alternativa, no hay otro referente identitario español con verdadero arraigo que el de la Reacción. Los demás (desde el regeneracionismo más rupturista, noble y profundo, hasta la mentalidad progre, necia y superficial) como mucho se quedaron a medias. Y desdeñados por los españolistas de pro al ser corrientes dudosamente “autóctonas”.

En términos hegelianos (tríada tesis-antítesis-síntesis), podríamos decir que en España no hubo ni hay otra cosa que tesis. La antítesis jamás llegó a hacerse realmente con el poder (a diferencia, p. ej., de la Francia del Terror revolucionario), de manera que nunca hemos disfrutado de los calmos, largos y benéficos períodos que aporta la síntesis (como los que, tras una lenta asimilación de radicalismo y bonapartismo, llegaron en la Francia posrevolucionaria). Y en las etapas aparentemente más pacíficas, como la actual, nunca ha dejado de cuestionarse, incluso en la práctica, el modelo territorial.

Esa es la tragedia de España. Por eso hoy, cada vez que se hablar de emprender reformas básicas del estado, cunde la sensación de que vamos hacia el abismo. Un vértigo que acusan de manera muy especial quienes más se identifican con el único referente identitario de la españolidad histórica. Para los herederos de quienes siempre impidieron cualquier ruptura modernizante, el grito de alarma es: “¡Se rompe España!”.

En ese contexto surge Podemos: la única fuerza potente que, hoy por hoy, parece proponerse la misión ¿imposible? de cambiar el marco político y territorial de España garantizando a la vez su unidad voluntaria.

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