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En Pocas Palabras

(El Blog de Cordura)

Categoría

Cristianismo

La locura del soldado desarmado

La película Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge) narra la historia de Desmond Doss, objetor de conciencia que se negó a portar armas y salvó a decenas y decenas de hombres en la Segunda Guerra Mundial. 

hacksaw-ridge-andrew-garfield
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Ser condecorado por un genocida a causa de proezas militares no parece la mejor carta de presentación ética. Y si tu historia la acaba contando en cine el Rey del Morbo (Mel Gibson, el de La pasión de Cristo), ¿cómo quedará tu imagen? Pues bien, lo interesante es que, aun así, estamos ante una película que vale la pena ver y, sobre todo, una historia digna de conocerse.

Tras alistarse en el ejército estadounidense en 1942, el adventista del séptimo día Desmond Doss es maltratado por sus mandos y compañeros por negarse a tocar un arma. Biblia en ristre, mantiene sus convicciones y mansedumbre a pesar del entorno hostil (consejo de guerra incluido) que le toma por loco, y en su conducta no dejan de reflejarse la dulzura y las enseñanzas de su madre, que le inculcó el respeto al divino «No matarás».

Una vez en el frente, especialmente en Okinawa (Japón), Desmond se distingue por su valor y eficacia a la hora de rescatar y curar a un montón de heridos de muerte. En medio de la orgía de fuego y estruendo artillero (que Gibson se ensañe mostrándonos sangre y entrañas de cuerpos rotos sirve para recordarnos los horrores de la guerra, compendio de toda la barbarie humana), el soldado médico, guiado solo por una fe trascendente que casi nadie entenderá, no se cansa de salvar “hasta al último hombre”.

No es un héroe al uso. Contra lo que el mundo piensa, no es su valentía la que engendra sus “hazañas”. El filme lo refleja al mostrarle orando justo antes del momento más decisivo. Es la respuesta a esa oración la que le llena de determinación.

Los “fallos” del protagonista

Reconozcamos que, como El Idiota dostoyevskiano, Desmond es un no violento un tanto chapucero: se niega a empuñar un arma pero se alista voluntario en la guerra para “servir a la patria” (i.e., a uno de los bandos), por momentos realiza su misión salvadora cubierto por balas amigas, y acabará recibiendo una medalla a manos de Truman, el presidente atómico. Visto objetivamente, no es un modelo de pacifismo. ¿Pone eso en entredicho sus valores?

Nuestro hombre llega hasta donde llega: ni un milímetro menos de donde le dicta su conciencia. Como, también, cuando cura en un búnker del “enemigo” a un soldado “japo” y salva luego a varios más. Él no busca primariamente convencer a nadie de sus ideales, sino ser útil de la manera que él entiende que debe serlo; a partir de ahí, su ejemplo se encargará del resto.

Los grandes aciertos del protagonista y de su historia

Así pues, Desmond no actúa como sería de esperar según la lógica antibelicista. De manera paradójica, seguramente sea el borracho de su padre, un tipo violento con su familia pero terriblemente atormentado, quien mejor encarna esa lógica: traumatizado por sus experiencias en la Primera Guerra Mundial, no quiere saber nada de contiendas bélicas y se pone “malo” cuando sus hijos hablan de alistarse. Junto con las espantosas escenas del campo de batalla, es quizá el padre de Desmond quien transmite el verdadero alegato contra la guerra. Y a fe que esta, sean cuales sean las intenciones de Gibson, queda muy mal parada para el espectador mínimamente sensible.

El segundo gran acierto, pero acaso el mayor, tiene que ver con la conciencia. El joven soldado desarmado respeta en todo momento la libertad de conciencia de los demás mientras reivindica la suya, que le dicta justo lo contrario de lo que hacen ellos. He aquí, en última instancia, la gran cuestión de esta historia, protagonizada a fin de cuentas por un objetor de conciencia. La actuación del propio padre de Desmond, al testificar a favor de que no expulsen a su hijo del ejército, confirmará su importancia.

Por todo ello, en nuestra época de simplismo bipolar y belicismo, de patriot acts y leyes mordaza, el mensaje de Hasta el último hombre no puede ser más actual. La profunda reflexión que propicia debería favorecer el respeto intransigente de los principios y, sobre todo, del derecho personal a sostenerlos en conciencia.

Así, tal vez, ya no “haría falta” que un genocida tuviera que acabar condecorando a un pacifista.

Podemos (II): ¿Un partido cristiano?

«Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me recogisteis…» (Mateo 24: 35).

«Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3: 28).

«Felices vosotros cuando os insulten y os persigan, y cuando digan falsamente de vosotros toda clase de infamias por ser mis discípulos…» (Mat. 5: 11-12).

 

A-Dignidad

“¡¿Los de Podemos, cristianos?! ¡Pero si son abortistas, si defienden la ideología de género, si la mayoría son ateos…!”, replicarán los respetables cristianistas para quienes la religión de Jesús no es más que “moral y costumbres”; o que, todo lo más, la confunden con tradiciones patrias y ciertas pautas esperables en los profesos “cristianos” (debidamente aburguesados). Cuestión despachada.

Así llevan mucho tiempo reduciendo una praxis social de máximos, centrada en el amor a los necesitados, a un moralismo de mínimos, tan cómodo para su visión conservadora de la vida. Anteponen unos valores superficiales que de algún modo les dan seguridad, al evangélico servicio a los demás hasta las últimas consecuencias (ver también). Y se han llegado a creer que rasgarse las vestiduras por el “asalto” a una capilla o por los desfiles del “orgullo gay” es una actitud más cristiana que tratar de parar un desahucio o defender la sanidad pública de verdad.

La realidad, a poco críticos que seamos, se ajusta muy poco a esos esquemas tan reactivos y reaccionarios. Un mínimo conocimiento de las bases del cristianismo nos recuerda su defensa radical del igualitarismo, de la dignidad de la mujer, de los desfavorecidos, de la paz y la laicidad, de la transparencia y la responsabilidad moral, de la sonrisa frente al odio, de la fraternidad

Por otra parte, no es raro que llamar “cristiano” a Podemos también pueda chocar, con razón, incluso a mentes instruidas. El propio nombre de la formación (“Podemos”) y su lema típico (“¡Sí se puede!”) evocan una ética humanista, muy alejada de la del Maestro (ver también). Pero no hay que olvidar que el cristianismo bíblico, a la vez que nos invita a la perfección moral, exalta el valor de la propia conciencia, sea o no creyente quien la alberga. [Es justamente en la lucha, tan necesaria, por esa perfección moral como descubrimos que necesitamos algo más, seamos o no cristianos.]

Sin duda, no cabe llamar a Podemos, ni a sus principales portavoces, cristianos en sentido estricto; ni a su praxis, ni al conjunto de su filosofía (entre otros rasgos, abusan del “Somos los mejores”, lo que choca con las más elementales apelaciones cristianas a la humildad; incurren en un irreflexivo papismo de facto; etc.). Pero lo cierto es que tanto este partido-movimiento como su entorno (PAH, 15M, IU, mareas, marchas por la dignidad…) llevan años dejando en evidencia a los que se llaman “cristianos” mientras permiten que su prójimo, especialmente el débil, agonice a su lado, sin hacer otra cosa, en el mejor de los casos, que darle alguna limosna sobrante. Si ante esa situación alguien pregunta “¿Dónde están los cristianos?”, no queda más remedio que señalar la defección de quienes así se autoproclaman (nos autoproclamamos), y/o, más positivamente, apuntar en dirección al entorno de Podemos, con todos sus defectos.

Por eso, si te sientes cristiano de verdad, de los que anhelan seguir a Jesús de Nazaret, no consientas que te engañen los que no quieren que en este país nunca cambie nada esencial. Y mucho menos, que lo hagan en nombre de Cristo.

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