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En Pocas Palabras

(El Blog de Cordura)

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Terrorismo

El Imperio da un paso más contra el pueblo yemení

Salto cualitativo en la guerra saudí-imperialista contra Yemen. Con su agresión directa a finales de la semana pasada, Estados Unidos confirma que quiere mantener la llama de una contienda bélica que ha sido repetidamente condenada por la ONU y que acumula ya numerosos crímenes de guerra.

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Un niño apoyado en un coche destrozado por bombardeos saudíes. Procedencia: Anadolu Agency/Getty Images

Estos días Estados Unidos ha bombardeado directamente Yemen, disparando contra blancos de la resistencia hutí. Ha usado la típica excusa-patraña, imputando un ataque previo, algo absurdo e inverosímil porque a los hutíes (que han negado dicho ataque) eso sería lo último que les convendría.

Recordemos que en realidad Obama lleva años bombardeando –“droneando”– Yemen, con el pretexto de que lucha contra Al Qaeda. Pero lo de estos últimos días es ya un ataque directo contra los intereses del propio pueblo yemení, hoy encabezado por la resistencia hutí. Hasta ahora, Estados Unidos apoyaba las masacres saudíes en Yemen, pero no había pasado descaradamente al primer plano, como en este caso.

La invasión saudí del Yemen, y sus crímenes de guerra, han sido repetidamente condenados por la ONU (ver también). Pero ya se sabe lo que le importa eso al Imperio…

La guerra de la Casa de Saud contra el pueblo yemení se remonta a marzo de 2015 y ya reúne un auténtico rosario de crímenes de guerra. Desde entonces, las tropas de esa despótica monarquía, a pesar de su abrumadora superioridad técnico-militar, han sido incapaces de derrotar a la creciente resistencia. Ésta lucha bajo el impulso de la guerrilla de Ansarolá y el apoyo no solo de los chiitas, sino también de sectores sunnitas, pese a las intoxicaciones occidentales que buscan convertir, también este conflicto, en una guerra confesional (chiitas vs. sunnitas), y en una batalla geopolítica entre potencias regionales, Irán y Arabia Saudí (de este modo se persigue, en el mejor de los casos, asegurar la “equidistancia” de los occidentales, mientras en realidad se apoya a la potencia agresora, Arabia Saudí). No obstante, a veces la propia prensa sistémica reconoce ese apoyo sunnita a la resistencia.

Que la mayoría del pueblo yemení está contra la invasión saudí lo ilustra también la inmensa macromanifestación que tuvo lugar hace menos de dos meses en Saná, capital de Yemen (ver fotos aquí y aquí), en apoyo de la resistencia.

Todo indica que es el éxito creciente de los hutíes lo que ha motivado la acción estadounidense, así como el hipócrita llamamiento posterior a un alto el fuego inmediato emitido por los responsables norteamericano y británico de Exteriores, John Kerry y Boris Johnson respectivamente.

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Los jueces de los titiriteros

Imagínatelo. Estás denunciando públicamente el atropello sufrido por un amigo: «…Y le acusaron de decir “Estoy dispuesto a matar a Fulanito de Tal”, cosa que me consta que jamás dijo…» Entonces, alguien llama a la policía: «El orador ha dicho: “Estoy dispuesto a matar a Fulanito de Tal”». Llegan unos agentes, te detienen, te entregan a un juez y finalmente este dicta auto de prisión incondicional por haber dicho “Estoy dispuesto a matar a Fulanito de Tal”. ¿Injusto? Absolutamente. ¿Absurdo? Del todo. ¿Inverosímil? Por desgracia no, ya que en esencia esto es lo que les ocurrió la semana pasada a unos titiriteros del carnaval madrileño.

Hay que volver a este asunto –en segundo plano desde que recibieran la libertad condicional tras cinco días en prisión–, pues el caso no ha concluido ni parece que se esté resolviendo de manera justa. Algo muy alarmante por tratarse de una brutal conculcación de derechos elementales que no ha sido percibida así por gran parte de la sociedad.

En su auto, de embarullada (¿apresurada?) redacción, el juez de la Audiencia Nacional Ismael Moreno Chamarro afirma que «los hechos, a tenor de los cuales se produce la exhibición de un cartel, con la leyenda “Gora Alka-ETA”, constituyen un delito de Terrorismo [sic]».

Estos días se ha insistido mucho en la aberración que supone juzgar así una obra de ficción. Pero una ficción puede incluir elementos objetivamente dañinos, intolerables e incluso ilegales en un genuino estado de derecho. La clave no está en la ficción sino en la intención, y el problema radica en que el auto no analiza el guion de la obra representada, ni siquiera el contexto inmediato a la “exhibición” de ese cartel. Si se procede a ese análisis, se comprende enseguida que el citado letrero no aparece en el guiñol para alabar a banda terrorista alguna, sino que un títere lo coloca en el cuerpo de otro para sembrar una prueba falsa. Sin ser una historia simple, parece que, una vez analizada, es lo bastante sencilla como para que un juez (?), un ministro del Interior e infinidad de “periodistas” (ejemplo) no tergiversen obscenamente el asunto hablando de “enaltecimiento del terrorismo”.

En suma, “Gora Alka-ETA” sería nada más que una cita, en el sentido de “mención” (ver DRAE). Dicho de otro modo, según el motivo esgrimido por el juez Moreno, yo mismo debería ser encarcelado al usarla aquí; no solo yo, sino antes que yo la legión de “periodistas” que se lanzaron sobre esa carnaza con fines nada periodísticos; ¡e incluso el propio juez, quien cita “Gora Alka-ETA” hasta tres veces en su abominable auto (anti)judicial! (¿Es consciente de que dicho auto habrá llegado a mucha más gente que el número de asistentes al guiñol de marras?).

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Facsímil de mención (con negrita original) en auto del juez Moreno

Con todo esto en mente, ¿es raro que pronto surgiera una iniciativa ciudadana para encausar al juez como prevaricador, o que se presentase ante el Tribunal Supremo una querella contra él y contra la fiscal del caso? Ni siquiera debiera extrañar que una víctima de ETA criticara públicamente el atropello a los titiriteros.

¿Cómo explicar lo ocurrido? No, no cabe achacarlo a un grave error del juez y sus corifeos, ¡tiempo han tenido ya de corregirlo! Creo que son móviles políticos y sociológicos los que ayudan a explicarlo:

  1. La constante campaña contra Podemos y su entorno (sin parangón ya en la historia de nuestra microdemocracia).
  2. La evidente consigna del PP de explotar la cuestión terrorista (curiosamente, tanto más cuanto más lejos quedan los crímenes etarras).
  3. La mentalidad acusadamente guerracivilista aún presente en muchos de nuestros compatriotas (un legado de la tragedia de España).
  4. La experimentación en control social que, al calor de la “Guerra contra el Terror”, viene produciéndose en Occidente especialmente tras el 11-S, y que permite comprobar cómo grandes capas de la población consienten pasivamente recortes en las libertades ante el fantasma del terrorismo.

También cabría mencionar la tibieza de la alcaldesa de Madrid y el turbio pasado del juez Moreno, pero no creo que eso afecte al fondo del asunto.

Por qué es tan importante priorizar la cuestión de la guerra

Hoy, 30 de enero, aniversario de la muerte de Gandhi, está declarado Día Escolar de la No Violencia y la Paz. Parece un momento oportuno para recordar, a niños y adultos, por qué la guerra es lo peor, y aún más cuando la que prevalece es la guerra de agresión.

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Procedencia de la imagen

Con el pretexto de un oscuro terrorismo de cuño novedoso, los poderes terrenales nos vienen acostumbrando sutilmente a una dinámica de guerra. Se trata, nos dicen, de defender nuestra seguridad y preservar “nuestro modo de vida”. También, aunque cada vez más secundariamente, se apela a proteger los derechos humanos de otros pueblos (que acaban siendo, paradójicamente, las primeras víctimas de nuestras guerras). Pero sobran las evidencias para saber que son justificaciones de la guerra imperialista. Lejos queda hoy aquel alegato de Kant por La paz perpetua, cuyo 5º artículo preliminar decía: «Ningún estado debe inmiscuirse por la fuerza en la constitución y gobierno de otro.»

Pero, si cualquier violencia aislada nos parece de suyo odiosa, ¿nos hemos planteado el infierno que involucra una guerra? Quizá a quienes hemos tenido la suerte de no vivir ninguna nos cueste imaginarlo.

La guerra implica todo lo malo concebible (no podremos ser exhaustivos): violencia, odio, mentira; muertes, heridas, mutilaciones, violaciones; represión en cada bando, simplismo bipolar, espíritu totalitario; demolición de viviendas e infraestructuras, devastación ecológica, destrucción del patrimonio histórico; hacinamiento, falta de higiene, enfermedades, epidemias; mercado negro, saqueos, hambre; sentimientos de pérdida, terror, angustia, recelo, rencor; posguerra con miseria, precaria organización estatal, dominación de vencedores sobre vencidos, traumas acumulados…

Podemos decir, en consecuencia, que en las guerras se violan todos los derechos humanos y se provocan daños de toda índole (económica, psicológica, moral, ecológica…, vital). Alguien dirá que guerras con objetivos bien delimitados no tienen por qué llegar a tanto; ¿no nos enseñan lo contrario las guerras del siglo XXI?

Con todo esto, si no estamos padeciendo una guerra pero sabemos que otros sí la padecen, ¿cómo reaccionaremos? (Estamos ante la dimensión moral).

Por otra parte, la guerra imperialista indica que quienes la hacen están dispuestos a todo. Esto tiene tremendas implicaciones más allá de la guerra con tanques, aviones y misiles. Significa que los guerreristas son capaces de provocar toda la barbarie que hemos descrito con tal de preservar sus intereses y reforzar su dominio. Cuando esto es así, entonces toda la realidad se llena de guerra y violencia, aun cuando no siempre aparezcan los tanques ni se escuchen las explosiones. Y tan objetivos de guerra se tornan los pueblos cuyos recursos se quiere depredar como aquellos que conforman la retaguardia de los ejércitos agresores si se oponen a la guerra imperialista o a sus fines.

No es raro que cuando se declara el estado de guerra permanente (como viene ocurriendo desde el 11-S), se impongan leyes que violan los derechos de esos últimos pueblos (la “ley mordaza” es solo un ejemplo). Tampoco es raro que en el marco de un estado de guerra dictado por el capitalismo se coarte cualquier avance social progresista (caso de Grecia). Los recortes de libertades y derechos en los países bajo poderes belicistas son la otra cara de la guerra. En suma, los ciudadanos son tan enemigo de facto como los terroristas extranjeros.

Así pues, adquirir conciencia sobre la gravedad de la guerra resulta imperioso para frenar todos sus efectos. Con tanto mayor motivo cuanto más extenso y abarcante sea el impulso bélico, rasgo propio de la guerra imperialista que pretende la dominación del globo con la lógica consecuencia de una tiranía global. Dada la realidad que vivimos en nuestros días, esa concienciación deviene entonces tan urgente como la más destacada de nuestras prioridades, sea la que sea. Por esta razón, cualquier proyecto que busque aunar esfuerzos en red por el freno a la barbarie debe situar la denuncia, el desenmascaramiento y la oposición a la guerra (y al estado de guerra) como su primer objetivo, o al menos como un objetivo tan elevado como el que más.

Por un no a la guerra con bases más sólidas

 

«Yo, que con malvada satisfacción denuncio a mis vecinos por su utilización de chivos expiatorios, sigo considerando los míos como objetivamente culpables» (René Girard)

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Podemos y debemos decir “No a la guerra”, pero eso no basta. Las cosas han evolucionado de tal modo que se les han puesto muy de cara a los belicistas. “¿Qué queréis, que nos dejemos matar?”, nos espetaba recientemente un ciudadano en una concentración pacifista. Con tono y mirada, por cierto, cargados de un odio que no solo dirigía a los terroristas (lo confirmó después llamándonos “idiotas”).

El caso ilustra la magnitud del problema que encaramos: una población, totalmente manipulada por los mensajes mediáticos, que se revolverá cada vez más contra los disidentes (chivos expiatorios sobre los que verter, de paso, cuantas frustraciones vitales llevan años acumulando). Normal. La mayoría de la gente no ha hecho los deberes. Lleva décadas sin abordar críticamente los datos que recibe. No es raro que acepte las versiones oficiales.

Pero, ¿y nosotros, los sectores contrarios a la guerra? ¿Hemos hecho los deberes? Mi experiencia personal no me permite ser muy optimista. Son ya múltiples los encuentros con firmes detractores de la violencia imperial que asumen no pocas premisas dominantes sobre terrorismo, guerras y geopolítica. Muchos creen, por ejemplo, que Occidente realmente quiere acabar con el “yihadismo” (su supuesto enemigo, al que utiliza desde hace tiempo; ver también 1 y 2); que el papel de Rusia en Siria viene a ser igual de agresivo que el de Occidente; o que atentados como el de París no son más que respuestas a las campañas bélicas del Imperio. Con bases como estas se apuntala el discurso oficial –el del sí a la guerra– y se torna mucho más difícil responder a críticas como la del pobre hombre arriba citado. Máxime cuando, pronto, sobrevengan nuevos brutales atentados “yihadistas” y nos insistan que urge acabar con ellos “allí donde están”.

Lo peor de dichas premisas es que son falsas, pero lo más terrible es que, tras asumir patrañas encadenadas durante décadas (al menos, desde el 11-S), no es realista pensar que tengamos mucho margen para revertir tanta manipulación. Aun así, formularemos aquí algunas preguntas que podrían cuestionar radicalmente el discurso oficial:

–¿Por qué tras la caída del Muro de Berlín, Estados Unidos ha seguido aumentando sus bases militares en el extranjero? (Ver también).

–¿Por qué sigue existiendo la OTAN 24 años después de desaparecido el Pacto de Varsovia?

–¿Cuántos sabemos que en 1954 la URSS, la gran excusa para la existencia de la OTAN, solicitó su ingreso en ella?

–¿Qué es la Red Gladio?

–¿Cuán creíbles son los relatos oficiales sobre los grandes atentados del siglo XXI (11-S, 11-M, 7-J…)?

–¿Por qué los órganos mediáticos del Imperio ocultan la decisiva presencia neonazi en el actual régimen (golpista) ucraniano? (Ver también).

–¿Realmente puede alguien creerse que el Daesh, por muy “ejército de fanáticos” que sea, podría subsistir cuatro días (como cualquier otra banda que pusiera en jaque al mundo) sin el apoyo de potencias relevantes? (Ver igualmente).

–¿Tanto nos cuesta descubrir que el terrorismo “yihadista” resulta funcional a los planes del Sistema-Imperio?

–¿Nos hemos preguntado si existen realmente las “intervenciones humanitarias”?

–¿No somos capaces de ver que nuestros gobiernos nos están educando en el odio para seguir arrebatándonos nuestras libertades?

Los guerreristas llevan ya mucha ventaja en su lucha contra la humanidad. El tiempo es escaso (y la gente necesita chivos expiatorios). ¿Reaccionará la humanidad frente a sus auténticos verdugos…?

¿Todos somos París?

«Aux armes, citoyens. Formez vos bataillons.
 Marchons, marchons!
 Qu’un sang impur
abreuve nos sillons! […] Amour sacré de la Patrie,
 conduis, soutiens nos bras vengeurs» (La Marsellesa).

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Soy culpable, lo confieso. Aunque me pareció brutal la matanza de la otra noche en París, me sobrecoge aún más –he aquí mi culpa– la reacción de tanta gente, quizá la mayoría. Me sobrecogen esos unánimes minutos de silencio en tantos centros de trabajo, especialmente públicos. Me sobrecoge tanta apelación patriótica en Francia y por aquí. Me sobrecoge tanta unidad repentina

Los hinchas cantaron la Marsellesa
Francia será implacable
“Todos unidos contra el terrorismo”
“Todos somos Francia”
“Todos somos París”

Todos… Todos… Todos…

Horas de emoción. Hay que estar con las víctimas. Contra los terroristas. Unidos. Todos unidos. Llorando primero. En silencio un minuto. Clamando después contra el terror. Unidos. Con los gobiernos que nos protegen de los terroristas (tres meses de estado de emergencia) y acabarán derrotándolos. Con François Hollande, el principal objetivo de los terroristas, por fortuna frustrado…

Hollande. El que arma a terroristas que masacran sirios (ver también), el que bombardea ilegalmente desde hace meses ese país, el guerrerista contra Siria que sigue la estela del agente de la CIA que lo precedió. Responsable en primer grado de la tremenda crisis de los refugiados, definitivo enterrador de la política exterior autónoma de Francia, paladín de la OTAN.

Todos con Hollande.

Casi todos estamos, en mayor o menor grado, insatisfechos con nuestras vidas. La economía va “regular”, nuestras conciencias no siempre nos bendicen. Tenemos una vaga, pero gigantesca, sed de plenitud. Cuando ocurre algo como lo del viernes, explotamos. Nos señalan el enemigo y empezamos a descargar nuestro odio sobre él. Bendita catarsis. De repente, nos sentimos parte del Todo, y a fe que lo agradecemos. Es el panteísmo promovido por la fabulosa máquina de propaganda mediática. Estatal. Imperial. Religiosa. De repente, todos legitimamos la guerra. El “algo habrá que hacer…” se carga ahora de razón al sentirnos todos unidos. La razón de la emoción. La emoción de reaccionar en caliente, dejando de lado algo tan desagradable como pensar, fuente de angustias y remordimientos…

Los enemigos son esos “yihadistas” de maldad reflejada en aquellos vídeos tan peliculeros… No es momento (ahora menos que nunca) de preguntarnos por qué son tan peliculeros. Ni quién es Hollande y qué tiene que ver con ellos. Es hora de exigir mano dura. Aunque nos cueste nuevos recortes, seguramente definitivos, de nuestras libertades.

En España, junto con IU, Podemos esta vez ha sido valiente. Ha osado ser voz disonante. Romper el “todos unidos” del Poder. En contraste con sus crecientes coqueteos con la OTAN, ha optado ahora por mantener la cabeza fría y apostar por la paz.

¿Por cuánto tiempo? ¿Cuánto aguantarán la presión? Dependerá de la firmeza de sus convicciones. Precaria como es, no soportará muchos más envites de la propaganda. Quizá baste otro golpe terrorista, tal vez no lejano en el tiempo.

Pues acaso en la mente del Monstruo el próximo salto cualitativo sea hacer que esos golpes proliferen: no tan brutales pero más seguidos y múltiples. Así caerá la fruta madura…

¿Cuántos, entonces, seguirán siendo capaces de decir: “¡No, no todos somos París!”?

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